
No fue un hecho aislado: cuando el miedo va a la escuela y nadie quiere verlo
Redacción InfoVGG
Un alumno armado, un disparo, y un mensaje institucional que busca calmar, mientras las familias tiemblan. Lo que ocurrió en la escuela Soldado Aguirre de Villa Gobernador Gálvez no es solo una anécdota policial: es un síntoma social que el Estado no puede seguir esquivando.
El disparo no mató a nadie. Pero impactó de lleno en la confianza.
No fue en una esquina oscura, ni a la madrugada, ni entre adultos en conflicto. Fue en una escuela. A media mañana. Con chicos en clase y madres en la puerta.
La escena sucedió en Villa Gobernador Gálvez, pero podría haber sido en cualquier parte del país. Porque cuando un pibe de 15 años entra armado a un colegio, lo que estalla no es solo una bala: es la idea de que la escuela es un lugar seguro.
Cuando el aula se convierte en campo de alerta
El episodio fue rápido, pero brutal: el adolescente sacó un arma, amenazó a un compañero, exigió a la portera que lo dejara salir, y al escapar, disparó al aire.
Una madre que estaba en la puerta vivió el momento en carne viva:
“Vi a la portera forcejear con el chico. Cuando él sale, saca el arma y tira para afuera. Yo estaba ahí. Corrí a buscar a mi hija y nadie me escuchaba”.
Lo que siguió fue una mezcla de incredulidad, indignación y miedo. Otra mamá dijo que la semana anterior ya había ocurrido un hecho similar. Y entonces la pregunta explotó como un eco imposible de silenciar:
¿Qué está haciendo el Estado mientras esto pasa?
“Hecho aislado”: la frase que no alcanza
Desde el Ministerio de Educación repitieron una idea: “Fue un episodio aislado”.
Pero también reconocieron que hubo un caso similar hace días.
“Tenemos algunas situaciones aisladas que son bastante complejas y las vamos abordando”, dijo Daiana Gallo Ambrosis, funcionaria provincial.
¿A cuántos “hechos aislados” hay que llegar para hablar de un patrón?
Lo que se rompe cuando no pasa nada
El mensaje oficial insistió en que la escuela “sigue abierta” y que “es el mejor lugar donde deben estar los chicos”.
Pero para muchas familias, la sensación es la contraria: que algo se rompió y nadie lo quiere admitir.
“Yo les avisé lo que pasaba y me trataron como exagerada. No me dieron ni bola”, denunció una de las madres.
La desconfianza, una vez instalada, no se arregla con un comunicado. Necesita presencia. Y compromiso.
No es solo un arma: es un síntoma
Este caso no habla solo de violencia. Habla de abandono. De desesperanza. De pibes que viven en contextos donde tener un arma no es tan extraño.
Y también habla de un sistema educativo que, por más protocolos que active, ya no alcanza a contener lo que le estalla dentro.


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