
El Instituto 24 y el escandaloso desprecio de la política por el edificio propio
Redacción InfoVGG
Hablemos de la arquitectura del desprecio. Mientras en las oficinas de Santa Fe se financia la frondosa burocracia de ministerios con nombres de fantasía, cientos de estudiantes del 24 deben someterse a una suerte de nomadismo educativo.
Es como si a usted, vecina, la obligaran a cocinar en la casa de una conocida, a lavar la ropa en lo de un pariente y a dormir en un galpón prestado, todo porque el Estado dice que "no hay plata" para su casa, aunque usted pague sus impuestos todos los meses.
Peregrinar por escuelas primarias prestadas, dictar cátedras en bancos diseñados para niños o amontonarse en espacios que no fueron pensados para adultos, no es "hacer patria". Es, llanamente, la degradación de la educación.
El gobernador y el intendente de turno suelen realizar una coreografía de la preocupación: se sacan la foto, firman un "convenio de intención" —ese papel que en Argentina suele valer menos que el aire que se usa para leerlo— y se retiran a sus despachos. Pero los ladrillos nunca llegan. Es el teatro del compromiso, una puesta en escena para estirar los plazos de una deuda que ya es impagable.
Este escenario es el paraíso del cinismo. ¿Cómo se le explica a un joven que debe esforzarse por el mérito si el Estado le ofrece la precariedad de ser un inquilino eterno? La falta de un edificio propio es la negación de la identidad. Sin paredes propias no hay pertenencia; hay una masa de estudiantes que se sienten ciudadanos de segunda. Se les pide que sean el futuro, pero se los trata como si fueran un estorbo que hay que acomodar donde sobre un hueco.
La dirigencia de Villa Gobernador Gálvez se muestra impotente ante el hormigón. Son expertos en lo efímero, en el subsidio de hoy, pero analfabetos en lo estructural. No hay peso político ni gestión de fondo. Prefieren que el Instituto 24 siga pidiendo permiso para usar una silla ajena antes que dar la batalla por la dignidad que otorga la propiedad.
La deuda es con cada alumno que hoy toma apuntes como puede, con cada docente que carga sus cosas de un edificio a otro como un vendedor ambulante, y con una ciudad que aporta muchísimo por su industria y recibe migajas de vuelta.
Basta de la retórica del parche. Una ciudad que no es capaz de garantizarle cuatro paredes a sus futuros profesionales es una ciudad que ha decidido su propio naufragio. Menos placas de bronce para lo que está roto y más cemento. Lo que el Instituto 24 necesita no es que "lo acompañen" con discursos; es que le entreguen, de una vez por todas, la llave de su propia casa. Lo demás es relato para distraer el hambre de futuro.


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